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El peso de lo que queda

  El dolor llegó antes que la conciencia.

  No fue un latido limpio, como el de un corazón acelerado. Fue algo viscoso, extendiéndose desde el hombro izquierdo como tinta derramada en agua fría. Carlos abrió los ojos de golpe y lo primero que vio fue el cielo: un gris sucio, pesado, sin estrellas. El mismo cielo que había mirado desde la azotea del instituto tantas veces, pero ahora parecía más bajo, más cerca, como si quisiera aplastarlo contra el asfalto.

  Estaba tirado en un callejón estrecho, espalda contra una pared de ladrillo húmedo. El olor a basura vieja y orín se mezclaba con el metálico de su propia sangre. La sudadera estaba empapada en el lado izquierdo; cada respiración hacía que la tela se pegara a la herida como una segunda piel. Intentó mover el brazo y un relámpago blanco le cruzó la visión. Gru?ó entre dientes, bajo, para no alertar a nadie.

  Shion no dijo nada al principio. Solo estaba ahí, una presencia densa en el fondo de su mente, observando. Como si esperara a que Carlos se diera cuenta solo.

  Pasaron varios segundos. O minutos. El tiempo se había vuelto gomoso desde que empezó a usar el maná de forma tan imprudente.

  Finalmente, la voz llegó, suave, casi cari?osa:

  —?Duele?

  Carlos no respondió. Cerró los ojos y respiró hondo por la nariz. El aire olía a hierro y lluvia lejana.

  —Claro que duele —continuó Shion, sin esperar—. Pero no es el peor dolor que has sentido esta noche, ?verdad?

  Carlos apretó los dientes hasta que le crujió la mandíbula.

  —No me hables de Sandra.

  —No hablo de ella. Hablo de ti. —Una pausa, como si Shion estuviera saboreando las palabras—. Hablas como si hubieras perdido algo. Pero lo que perdiste no era tuyo desde hace rato.

  Carlos abrió los ojos. El callejón seguía igual: contenedores volcados, charcos negros que reflejaban luces lejanas de farolas, una rata que cruzó corriendo y desapareció entre cartones. Nada había cambiado. Y sin embargo, todo se sentía irreversible.

  Se llevó la mano buena al hombro. Los dedos volvieron rojos y brillantes. Presionó. El dolor fue tan agudo que por un segundo vio puntos blancos bailando en la oscuridad.

  —Necesito… vendar esto —murmuró, más para sí mismo que para Shion.

  —Necesitas mucho más que eso —respondió la voz, tranquila—. Pero empecemos por lo básico. Levántate. Si te quedas aquí sentado, te desangras o te encuentran. Y si te encuentran ahora… ya sabes cómo termina.

  Carlos se apoyó en la pared con la mano sana. Las piernas le temblaban cuando se puso de pie. El mundo se inclinó un instante, pero se estabilizó. Dio un paso. Luego otro. Cada movimiento hacía que la herida tirara, como si alguien hubiera clavado un gancho dentro y tirara hacia afuera.

  Caminó hasta el final del callejón. La calle principal estaba a unos metros. Luces de coches pasando, ruido de tráfico lejano, voces de gente que no tenía ni idea de lo que acababa de pasar a tres manzanas de distancia.

  Se detuvo bajo una farola rota. La luz parpadeaba, iluminando intermitentemente su rostro: ojeras más profundas que nunca, piel pálida casi traslúcida, sangre seca en la comisura de la boca (no recordaba haberse mordido). Parecía un fantasma que aún no había decidido si desaparecer.

  Miró su reflejo distorsionado en un charco sucio.

  Y por un segundo —solo un segundo— vio a Loranm. Orejas de gato, cola quieta, ojos azules intensos. El cuerpo que sí se sentía fuerte. El cuerpo que no sangraba tan fácilmente.

  Luego la imagen se deshizo y volvió a ser Carlos. El chico roto. El que acababa de disparar a una madre en la pierna. El que había apuntado a su mejor amiga.

  Shion habló de nuevo, esta vez sin rastro de burla:

  —Pregúntate una cosa, Carlos.

  Silencio.

  —?Qué harías diferente si pudieras volver a esa casa?

  Carlos no respondió de inmediato. Cerró los ojos. Vio la escena otra vez: la madre arrastrándose, Sandra gritando, el ca?ón de la pistola temblando en su mano, el disparo.

  Abrió los ojos.

  —Nada —dijo en voz baja.

  La palabra cayó como una piedra en el charco. Las ondas se extendieron y desaparecieron.

  Shion no contestó. No hacía falta.

  Carlos se giró y empezó a caminar hacia la oscuridad, apoyándose en la pared cada pocos pasos. No sabía a dónde iba. Solo sabía que no podía quedarse quieto.

  Porque si se detenía, tendría que pensar.

  Y pensar era lo último que podía permitirse ahora.

  El viento frío le rozó la herida abierta.

  Y por primera vez en mucho tiempo, Carlos sintió que el frío era bienvenido.

  Porque al menos eso era algo real.

  Algo que todavía podía sentir.

  Volviendo a la casa de angelica.

  El salón estaba en penumbra.

  Solo una lámpara encendida junto al sofá lanzaba una luz amarillenta y débil sobre la habitación. La madre de Angélica dormía sedada por el agotamiento y el dolor, respirando con dificultad, cubierta hasta el pecho con una manta. Cada tanto se removía, gimiendo bajo, pero no despertaba.

  Sandra y Angélica estaban sentadas frente a frente, separadas por una mesa baja llena de objetos fuera de lugar: un vaso con agua a medio beber, el botiquín abierto, gasas manchadas de rojo, el móvil de la madre abandonado boca abajo.

  Ninguna hablaba.

  El silencio era incómodo, pesado. No era hostil… era el tipo de silencio que aparece cuando ya se han dicho demasiadas cosas sin abrir la boca.

  Sandra tenía las manos entrelazadas con fuerza sobre las rodillas. Todavía sentía la sangre seca en los dedos, aunque se los había lavado varias veces. La imagen de Carlos levantando el arma seguía repitiéndose en su cabeza como un bucle roto.

  Angélica, al otro lado, respiraba despacio. Tenía la cara vendada y el hombro rígido por la tensión. Sus ojos estaban clavados en el suelo.

  Pasaron varios minutos así.

  Sandra fue la primera en hablar.

  —?Por qué querías matarlo?

  Su voz salió baja, casi frágil.

  Angélica no respondió enseguida.

  Levantó la mirada lentamente, como si la pregunta pesara más de lo que parecía. Parpadeó un par de veces y apretó la mandíbula.

  —Porque tengo que hacerlo.

  Sandra frunció el ce?o.

  —Eso no es una respuesta.

  Angélica soltó un suspiro largo.

  —Todos los portadores de mundos recibimos una misión.

  Sandra se tensó.

  —?Misión?

  —Sí. —Angélica se apoyó contra el respaldo del sofá—. No es un favor. No es una sugerencia. Es un mandato. Te dan poder… y a cambio te dicen qué debes hacer con él.

  Sandra tragó saliva.

  —?Y la tuya es…?

  Angélica levantó la vista.

  Sus ojos estaban cansados. Vacíos de cualquier rastro de orgullo.

  —Matar a todos los demás portadores.

  Las palabras cayeron secas, sin dramatismo.

  Sandra sintió que el estómago se le hundía.

  —?Todos…?

  —Todos.

  Sandra se quedó en silencio. Su mente intentaba encajar aquello, pero no encontraba dónde colocar esa pieza.

  Carlos.

  Shion.

  Los mundos.

  Todo se mezclaba.

  —Entonces… —murmuró— tú tienes que matar a Carlos.

  Angélica asintió.

  —Sí.

  Sandra cerró los ojos un momento.

  Cuando los abrió, estaban húmedos.

  —?Y si no lo haces?

  Angélica apretó los labios.

  —No es una opción.

  Sandra levantó la mirada, desesperada.

  —Siempre hay opción.

  Angélica negó lentamente.

  —No aquí.

  Se inclinó un poco hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

  —Si ignoras la misión… "EL" te mata.

  Sandra sintió un escalofrío.

  —?"EL"?

  —El que nos da el poder. El que pone las reglas.

  Sandra dudó.

  —?Y si… y si simplemente te escondes? ?Si desapareces?

  Angélica soltó una risa seca.

  —No funciona así, me mataría igualmente.

  Luego bajó la voz.

  —O algo peor.

  Sandra frunció el ce?o.

  —?Peor que morir?

  Angélica no respondió directamente.

  Solo dijo:

  —Eso es lo que "EL" me dijo.

  Sandra se quedó quieta.

  La palabra resonó en su cabeza.

  "EL".

  Entonces algo hizo clic.

  Recordó la mirada vacía de Carlos.

  Recordó cómo había susurrado ese nombre.

  Shion.

  Levantó la vista lentamente.

  —?A ti… te sigue hablando?

  Angélica la miró confundida.

  —?Quién?

  Sandra tragó saliva.

  —El que te dio la misión.

  Angélica negó.

  —No. Me habló una vez. Me explicó las reglas. Me dio el poder. Y ya está.

  Sandra sintió que se le helaba la espalda.

  —?Nunca más?

  —Nunca.

  Sandra bajó la mirada.

  Carlos sí.

  Carlos nunca estaba solo.

  Sandra levantó la cabeza despacio.

  Todavía tenía esa sensación helada en el pecho.

  —?Y si Carlos… —empezó, dudando—. ?Y si él tuviera al que da las misiones dentro de su cabeza?

  Angélica frunció el ce?o.

  —?Cómo?

  Sandra buscó las palabras.

  —Manipulándolo. Empujándolo a tomar decisiones. Mostrándole solo lo que quiere que vea.

  Angélica la observó en silencio durante varios segundos.

  Luego ladeó un poco la cabeza.

  —?Te refieres a que Carlos sería como… el gladiador?

  Sandra levantó la vista.

  —?Gladiador?

  —Sí —dijo Angélica—. El que entra a la arena mientras alguien más prepara el escenario. Le ponen obstáculos, enemigos, pruebas. Lo hacen pelear sin decirle realmente por qué.

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  Sandra asintió lentamente.

  —Algo así.

  Angélica se recostó contra el sofá, pensativa. Su mirada se perdió en algún punto del techo. Durante un momento pareció realmente considerar la idea.

  El silencio volvió a instalarse entre ellas.

  Finalmente, negó con la cabeza.

  —No.

  Sandra se tensó.

  —?No?

  —No creo que sea posible —repitió Angélica—. Y aunque lo fuera… no tendría sentido.

  Sandra frunció el ce?o.

  —?Por qué no?

  Angélica bajó la mirada.

  —Porque "EL" no funciona así.

  Sandra contuvo la respiración.

  —"EL" siempre está en segundo plano —continuó Angélica—. Observando. Dejando que todo se mueva solo. Que las piezas choquen entre sí. Que nosotros hagamos el trabajo sucio.

  Apretó los labios.

  —Es su juego.

  Sandra sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  —Un juego macabro —murmuró.

  Angélica asintió.

  —Exacto.

  Se pasó una mano por el rostro vendado.

  —No creo que "EL" bajara al tablero para jugar como otro jugador. No tiene sentido. "EL" es el que pone las reglas. El que mira desde arriba.

  Levantó la vista hacia Sandra.

  —No se mete en la arena.

  —Es el maestro del juego.

  Las palabras quedaron flotando en el aire.

  Sandra bajó la mirada, pero su mente ya estaba lejos de esa sala, lejos de Angélica.

  Pensó en Carlos.

  En cómo había cambiado.

  En cómo hablaba solo.

  En esa frialdad nueva en sus ojos.

  Si Angélica tenía razón… entonces eso significaba algo mucho peor.

  Que Carlos no estaba siendo guiado por el creador del juego.

  Que estaba siendo roto por otra cosa.

  Por algo que había entrado con él.

  Y esa idea… era incluso más aterradora.

  Sandra apretó los pu?os.

  Porque si "EL" observaba desde lejos…

  Entonces Shion no era parte del tablero.

  Era algo distinto.

  Algo que no seguía las mismas reglas.

  Y Carlos estaba solo con eso.

  Por otro lado Carlos llegó a una farmacia.

  La farmacia estaba casi vacía.

  Solo una mujer detrás del mostrador ordenaba unas cajas cuando la campanilla de la puerta sonó suavemente.

  Carlos entró tambaleándose.

  El mundo era un borrón de luces blancas y sombras alargadas. Cada paso le costaba demasiado. Tenía la boca seca, la cabeza pesada, y una presión constante detrás de los ojos que le hacía ver destellos.

  Estaba pálido. Demasiado.

  Su sudadera seguía empapada de sangre a la altura del hombro, ahora oscura y rígida en algunas partes. El frío de la noche aún se le había quedado pegado a la piel, pero ya casi no lo sentía.

  La farmacéutica levantó la vista, lista para saludar.

  —Buenas n…

  La palabra murió en su garganta.

  Sus ojos fueron directo a la mancha roja.

  Luego al rostro de Carlos.

  Luego a cómo se sostenía apenas del marco de la puerta.

  —Dios mío… —susurró.

  Dejó caer lo que tenía en las manos y salió rápido del mostrador.

  —Joven, ?estás bien?

  Carlos intentó responder, pero la lengua le pesaba.

  El zumbido en sus oídos se volvió más fuerte.

  Dio un paso.

  Solo uno más.

  El suelo pareció alejarse de repente.

  Sintió cómo las piernas le fallaban, cómo el cuerpo ya no le obedecía. La farmacéutica alcanzó a sujetarlo del brazo sano, pero él ya estaba cayendo.

  —?Oye! ?Oye, mírame!

  Carlos apenas distinguía su voz.

  El techo giró lentamente sobre él.

  Pensó vagamente en Sandra.

  Luego en nada.

  Su cuerpo se desplomó contra el piso frío de la farmacia, y la oscuridad lo fue cubriendo desde los bordes de la vista hacia el centro, como si alguien estuviera cerrando un telón.

  La última sensación fue el contacto duro del azulejo contra su mejilla.

  Después, se perdió.

  La conciencia se le escapó poco a poco.

  La conciencia volvió como un tirón brusco.

  Carlos abrió los ojos.

  Esta vez no vio luces blancas ni azulejos fríos.

  Vio madera.

  Un techo bajo, de tablas viejas, con una grieta que recorría una esquina como una cicatriz. La luz era cálida, tenue, proveniente de alguna lámpara fuera de su campo de visión.

  Parpadeó varias veces.

  Su cuerpo se sentía… distinto.

  Más ligero. Más fuerte. Sin el dolor punzante en el hombro. Sin el mareo.

  Se incorporó despacio.

  Orejas de gato.

  Cola.

  Loranm.

  El reconocimiento fue inmediato, automático.

  Se quedó unos segundos sentado en la cama estrecha, respirando hondo, dejando que la transición terminara de asentarse. El recuerdo de la farmacia seguía ahí, borroso, distante, como si le hubiera pasado a otra persona.

  Se pasó una mano por el rostro.

  —Genial… —murmuró.

  Se levantó.

  La habitación era modesta: una cama, una mesita, una silla, una ventana peque?a por la que empezaba a colarse la luz azulada del amanecer. Nada más.

  Abrió la puerta y salió al pasillo.

  Las voces llegaron antes que las personas.

  Risas bajas.

  El sonido metálico de una botella.

  Al girar la esquina, los vio.

  Kaelis estaba sentada a una mesa peque?a, bebiendo cerveza como si fueran las tres de la tarde y no apenas unas horas antes del amanecer. Tenía el ce?o fruncido, el gesto tenso.

  Frente a ella, sentada con la espalda recta y las manos juntas sobre las piernas, había una chica que Carlos no había visto nunca.

  Parecía joven. Diecinueve, quizá.

  Cabello claro, piel limpia, ojos grandes.

  Sonreía.

  Una sonrisa dulce, casi infantil.

  Pero Carlos sintió algo raro en el estómago.

  No había inocencia real detrás de esa expresión.

  Kaelis fue la primera en notar su presencia.

  —Mira quién despertó —dijo—. Ven. Justo hablábamos de ti.

  Su tono estaba cargado… pero no dirigido a Carlos.

  él se acercó.

  Antes de sentarse, inclinó un poco la cabeza.

  —Eh… soy Loranm.

  La chica le devolvió la sonrisa.

  —Lilith —dijo—. Soy miembro de la Orden de Elyon.

  Carlos parpadeó.

  Kaelis chasqueó la lengua.

  —De la iglesia que visitamos la otra vez —aclaró, claramente molesta.

  Eso hizo que algo encajara en la cabeza de Carlos.

  Kaelis, de pronto, se levantó de golpe.

  La silla chirrió al moverse.

  Golpeó la mesa con la palma abierta y se inclinó hacia Lilith, con los ojos ardiendo.

  —Sois unos pesados —escupió—. ?Cuántas veces tengo que repetirlo? Loranm no es de ustedes.

  Lilith no perdió la sonrisa.

  Ni siquiera parpadeó.

  —No estoy aquí para llevármelo.

  Kaelis la miró con desprecio.

  —Lo sé.

  Carlos frunció el ce?o.

  —Entonces… ?para qué estás aquí?

  Lilith giró lentamente la cabeza hacia él.

  Su sonrisa se amplió un poco.

  Había más vida en sus ojos ahora.

  —Para acompa?arte.

  Carlos abrió la boca para responder, confundido, pero Kaelis se le adelantó.

  —Déjate de tonterías —gru?ó—. Seguro que eres la elegida para venir a reclamarlo cuando toque… o, en el mejor de los casos, para engatusarlo con tus encantos y tener su descendencia.

  Carlos miró a Lilith.

  Ella no se ofendió.

  Solo ladeó un poco la cabeza.

  —No forzaría a Carlos a nada —dijo con suavidad—. él elige.

  Carlos sintió un escalofrío al oír su nombre real salir de esa boca.

  —Pero yo cumpliría cualquier deseo suyo —continuó Lilith—. Si me pidiera que lo hiciera… lo haría.

  Su voz no tembló.

  —Si me pidiera que muriera… también.

  El aire se volvió pesado.

  Kaelis se inclinó todavía más hacia ella, apoyando ambas manos en la mesa.

  Su mirada era pura amenaza.

  —Ten cuidado con lo que dices —susurró—. Porque podemos poner eso a prueba ahora mismo.

  Lilith sostuvo su mirada sin perder la sonrisa.

  Carlos tuvo la sensación clara, incómoda, de que acababa de entrar en una conversación mucho más peligrosa de lo que parecía.

  Y, por primera vez desde que había despertado en ese cuerpo, entendió que aquel mundo no era un refugio.

  Era otra jaula.

  Carlos se puso serio.

  Su expresión cambió de golpe, como si algo dentro de él se hubiera cerrado.

  —Kaelis —dijo—. Déjanos solos un momento.

  Kaelis lo miró como si acabara de decir una estupidez monumental.

  —?Estás loco?

  Carlos no apartó la vista de Lilith.

  —Será solo un momento. ?Puedes irte?

  Kaelis apretó la mandíbula. Sus ojos buscaron los de Carlos, intentando leer algo en su rostro.

  Lo que encontró fue firmeza.

  Suspiró.

  —No hagas nada raro —advirtió—. Ni nada que nos perjudique.

  Carlos asintió sin decir una palabra.

  Kaelis se dio la vuelta y salió del comedor con pasos pesados.

  En cuanto la puerta se cerró, Carlos fue directo a la cocina.

  Abrió un cajón.

  Tomó un cuchillo.

  Volvió al comedor en cuestión de segundos y se plantó frente a Lilith.

  Ella levantó la vista hacia él con la misma sonrisa tranquila.

  —Carlos —dijo suavemente—. Necesitas una servidora fiel como yo.

  El pulso de Carlos se aceleró.

  —?Cómo sabes ese nombre?

  Lilith parpadeó.

  Parecía genuinamente confundida.

  —?Qué nombre?

  Los ojos de Carlos se endurecieron.

  En un movimiento rápido, la agarró del cuello y la tiró al suelo.

  El golpe resonó seco.

  Se arrodilló sobre ella y le puso el cuchillo contra la garganta.

  —Te pregunté cómo sabes que mi nombre es Carlos.

  Su voz temblaba, cargada de rabia contenida.

  Lilith no luchó.

  No gritó.

  Ni siquiera parecía asustada.

  Lo miró con calma, respirando despacio.

  —Es obvio —dijo—. Cualquiera conoce el nombre del elegido del dios Elyon.

  Carlos apretó los dientes.

  Empujó un poco más el cuchillo contra su piel.

  —No me llames así.

  Lilith cerró los ojos un segundo.

  —Estoy dispuesta a morir si tú lo deseas.

  Luego, con una lentitud casi reverente, tomó las manos de Carlos y guio la hoja hacia su propio cuello.

  La punta rompió la piel.

  Una línea fina de sangre apareció, deslizándose hacia abajo.

  Carlos se quedó mirándola.

  Su respiración era pesada.

  —?Qué más sabes?

  Lilith volvió a abrir los ojos.

  —Sé que eres un portador de mundos.

  Carlos sintió un nudo en el estómago.

  —Uno muy valioso.

  Las palabras se le clavaron.

  La iglesia.

  Elyon.

  Lilith.

  Todo encajaba de una forma horrible.

  Carlos retiró apenas el cuchillo, lo suficiente para que dejara de cortar, pero sin apartarlo del todo.

  Pensó, por primera vez con claridad, que esa gente era un peligro enorme.

  Un peligro organizado.

  Y entonces Shion habló.

  No con burla.

  No con crueldad.

  Con dulzura.

  Con cercanía.

  —Podríamos destruirlos.

  La idea se deslizó en su mente como un susurro cálido.

  Sorprendentemente…

  no le pareció mala.

  Eso fue lo que más lo asustó.

  Carlos tragó saliva.

  Miró a Lilith desde arriba.

  —En este mundo… —dijo despacio— ?qué son exactamente los portadores de mundos?

  Lilith lo observó con devoción absoluta, con sangre todavía marcándole el cuello.

  Y sonrió.

  Lilith no apartó la mirada.

  —Los portadores de mundos son… un recurso.

  Carlos sintió cómo algo se le tensaba en el pecho.

  —Un recurso —repitió ella—. Algo extremadamente valioso. Naciones enteras han ido a la guerra por uno solo.

  Carlos frunció el ce?o.

  Sus dedos se cerraron un poco más alrededor del mango del cuchillo.

  —No soy un objeto.

  Lilith ladeó la cabeza, como si estuviera observando a un ni?o que no entiende todavía cómo funciona el mundo.

  —Para ellos sí lo eres.

  Carlos se levantó de golpe.

  La hoja se apartó del cuello de Lilith, pero la rabia no desapareció de su rostro.

  —No me hables como si fuera mercancía.

  Lilith se incorporó lentamente, sentándose en el suelo. Se tocó la peque?a herida del cuello con dos dedos y miró la sangre con curiosidad, no con miedo.

  —No es una ofensa, Carlos. Es una realidad.

  Carlos apretó los pu?os.

  —Soy una persona.

  —Aquí no importa —respondió ella con suavidad—. Tienes acceso a otros mundos. Eso te convierte en una herramienta estratégica. Energía. Información. Tecnología. Armamento. Todo puede pasar a través de ti.

  Carlos sintió un vacío en el estómago.

  —Ejércitos te querrían. Gobiernos te encerrarían. Cultos te venerarían.

  Levantó la vista hacia él.

  —Y organizaciones como la Orden de Elyon… te “protegen”.

  Carlos soltó una risa corta, amarga.

  —?Protegen?

  Lilith asintió.

  —A su manera.

  Carlos caminó un par de pasos, dándole la espalda, intentando ordenar su cabeza.

  Sandra.

  Angélica.

  La madre sangrando en el suelo.

  Shion.

  Todo giraba.

  —?Y tú? —preguntó sin mirarla—. ?Qué ganas tú con esto?

  Lilith se levantó despacio.

  —Yo nací para servir al elegido.

  Carlos se giró bruscamente.

  —Deja de llamarme así.

  Ella no se inmutó.

  —Mi vida no me pertenece. Mi cuerpo tampoco. Mi voluntad está al servicio de Elyon… y por extensión, al tuyo.

  Carlos sintió náuseas.

  Eso no era devoción.

  Era programación.

  —Eso está enfermo.

  Lilith sonrió.

  —Es fe.

  Carlos la miró largo rato.

  Por dentro, Shion observaba en silencio.

  Luego, con esa voz íntima que ya conocía demasiado bien, susurró:

  —?Ves? Para ellos ya eres un arma. Solo tú sigues creyendo que eres un chico herido.

  Carlos cerró los ojos.

  Y por primera vez, la idea de quemar la iglesia hasta sus cimientos volvió a cruzarle la mente.

  Esta vez, más nítida.

  Más peligrosa.

  Carlos se levantó con calma, como si nada de lo ocurrido hubiera dejado huella.

  —?Por qué no empezamos a entrenar magia? —dijo, mirando a Kaelis.

  Kaelis lo observó un segundo, evaluándolo.

  Luego asintió.

  —Ven conmigo.

  Carlos giró la cabeza hacia Lilith. No dijo nada, pero la mirada fue suficiente. Ella se levantó de inmediato.

  Los tres salieron.

  El tiempo pasó de forma extra?a, diluido entre intentos fallidos, correcciones bruscas y silencios tensos. Kaelis exigía precisión. Lilith observaba más de lo que participaba, atenta a cada gesto de Carlos. él, por su parte, empujaba su límite sin medir consecuencias, usando la magia como si fuera un músculo al que pudiera forzar hasta romper.

  Cuando terminaron, Carlos apenas se mantenía en pie.

  El cansancio era absoluto.

  Sin decir nada, dio media vuelta para ir a la habitación.

  —?A dónde crees que vas? —dijo Kaelis a su espalda.

  Carlos se detuvo.

  —A dormir.

  —Te olvidas de la cena.

  Las palabras lo golpearon más fuerte que cualquier hechizo.

  Sus hombros cayeron.

  Por un momento pareció que iba a discutir… pero no lo hizo.

  —…Está bien.

  Preparó la comida casi en automático. Movimientos torpes, lentos. Cuando terminó, comió poco. Luego, sin fuerzas ni para protestar, se fue a dormir.

  Cuando despertó, todo era blanco.

  Demasiado blanco.

  El suelo, las paredes, el techo. La luz no venía de ningún sitio en concreto, simplemente estaba ahí. Carlos estaba en el suelo, boca arriba. Al incorporarse, sintió el tirón inmediato en el hombro izquierdo.

  Vendado.

  Tratado.

  Pero el dolor seguía ahí, profundo, persistente.

  Se puso de pie con dificultad.

  En ese momento, la puerta se abrió.

  Entró un hombre de mediana edad, con ropa sencilla y expresión preocupada.

  —No deberías levantarte todavía —dijo—. Necesitas descansar.

  —Estoy bien —respondió Carlos, ignorándolo.

  El hombre frunció el ce?o.

  —De verdad, deberías—

  Carlos lo miró fijamente.

  Entonces bajó la vista a su ropa.

  Sus bolsillos estaban vacíos.

  Su expresión cambió.

  —?Dónde está?

  El hombre parpadeó, confundido.

  —?Dónde está qué?

  Carlos dio un paso hacia él.

  —No te hagas el loco. La pistola.

  El hombre levantó las manos ligeramente, en se?al de calma.

  —Tranquilo. Está guardada. A salvo. No tienes nada que temer.

  Carlos soltó el aire lentamente.

  —?Llamaste a la policía?

  —Casi —admitió el hombre—. Pero no lo hicimos. No sabíamos en qué circunstancias estabas… ni qué había pasado realmente.

  Carlos no respondió.

  Miró alrededor de la habitación blanca, sintiendo de nuevo ese vacío familiar en el pecho.

  Carlos se acercó al hombre.

  —Dame mi arma y no habrá da?os colaterales.

  El hombre lo miró por encima del hombro, evaluándolo de pies a cabeza, deteniéndose un segundo de más en el vendaje empapado.

  —?Qué podrías hacer en ese estado?

  Carlos apretó los dientes.

  —Vejestorio… no puedo perder más tiempo aquí. Déjame salir o tendré que salir después de haberle reventado la cara a alguien.

  El silencio se tensó.

  El hombre lo sostuvo con la mirada unos segundos largos, midiendo algo invisible. Finalmente suspiró, se dio la vuelta y abrió un cajón metálico junto a la pared. Sacó la pistola y se la tendió, con el mango primero.

  Carlos la tomó de mala gana, comprobando el peso, el cargador, el seguro. Todo estaba en su sitio.

  —Veo que aún atiendes a razones —dijo el hombre.

  Carlos guardó el arma en el bolsillo de la sudadera con un gesto seco.

  —Gracias.

  No sonó sincero.

  Se dirigió hacia la puerta, la abrió y, antes de salir, se giró apenas.

  —Y espero no volver a verte.

  Luego desapareció por el pasillo, dejando atrás la habitación blanca y al hombre inmóvil, observando cómo una persona herida y claramente peligrosa se alejaba sin mirar atrás.

  Carlos salió de la farmacia-clínica improvisada con pasos cortos y deliberados, como si cada uno fuera una decisión que aún no estaba seguro de tomar. El frío de la madrugada le golpeó la cara como una bofetada húmeda. La calle estaba vacía, salvo por un par de taxis que pasaban a lo lejos y el rumor lejano de un camión de basura. Se detuvo bajo la luz mortecina de una farola y sacó el móvil del bolsillo. La pantalla estaba agrietada en una esquina, pero funcionaba.

  Miró la hora: 04:17.

  Luego abrió los mensajes.

  El último que había enviado seguía sin respuesta.

  La foto de la madre de Angélica, atada y aterrorizada.

  El texto debajo:

  Y el segundo:

  Leído. Hacía horas.

  Pero nada. Ni un visto doble. Ni tres puntos bailando. Nada.

  Carlos sintió algo retorcerse en el estómago. No era miedo. Era algo más frío, más vacío. Como si una parte de él ya supiera que Angélica no iba a venir… porque ya no hacía falta.

  Porque ya había disparado.

  Porque ya había cruzado la línea.

  Guardó el móvil y siguió caminando. No tenía destino claro. Solo dirección: alejarse. De la farmacia. De la casa de Angélica. De Sandra. De todo lo que aún pudiera recordarle quién había sido antes de esa noche.

  El hombro le latía con cada paso, pero el dolor ya no era agudo. Era sordo, constante, como un metrónomo que le recordaba que seguía vivo. Que todavía podía sangrar. Que todavía podía decidir.

  Shion permanecía en silencio. No había burla, no había consejos. Solo presencia. Como si supiera que cualquier palabra ahora sería de más.

  Carlos llegó a un puente peatonal que cruzaba una avenida principal. Se detuvo en el centro, apoyó los antebrazos en la barandilla oxidada y miró hacia abajo. Los coches pasaban en ráfagas de luz blanca y roja. El río debajo era negro, aceitoso, reflejando las farolas como ojos enfermos.

  Cerró los ojos.

  Vio a Sandra gritando su nombre.

  Vio la pierna de la madre de Angélica sangrando en el suelo.

  Vio el ca?ón de su propia pistola apuntando a la persona que más había confiado en él.

  Y por primera vez desde que había empezado todo… no sintió culpa.

  Solo cansancio.

  Un cansancio tan profundo que casi era paz.

  Abrió los ojos.

  Sacó el móvil otra vez.

  Escribió un mensaje nuevo. Destinatario: Sandra.

  Los dedos le temblaban un poco, no por el frío.

  Dudó un segundo.

  Luego a?adió:

  Y envió.

  La pantalla se iluminó con el “enviado”.

  No hubo respuesta inmediata.

  No la esperaba.

  Guardó el teléfono, se dio la vuelta y siguió caminando.

  No sabía a dónde iba.

  Pero por primera vez en mucho tiempo, no le importaba.

  Porque ya no huía de nada.

  Solo caminaba hacia lo que quedaba.

  Y lo que quedaba era cada vez menos.

  El amanecer empezaba a romper el horizonte cuando llegó a un parque abandonado en las afueras. Los columpios chirriaban con el viento, oxidados y torcidos. Los bancos estaban cubiertos de grafitis viejos y excrementos de palomas. Se sentó en uno de ellos, con cuidado de no apoyar el hombro herido.

  Sacó la pistola.

  La miró.

  El metal estaba frío, pesado.

  Sacó el cargador. Aún quedaban balas.

  Se la llevó a la sien.

  No con dramatismo.

  Solo… probando el peso.

  El contacto fue frío, impersonal.

  Cerró los ojos.

  Shion habló entonces.

  Por primera vez en horas.

  No con voz alta. No con urgencia.

  Con ternura.

  —No lo hagas.

  Carlos no abrió los ojos.

  —?Por qué no?

  —Porque todavía no has terminado.

  Una risa seca escapó de su garganta.

  —?Terminado de qué? ?De convertirme en un monstruo? ?De matar a quien me queda? ?De perderlo todo?

  Silencio.

  Luego Shion, suave:

  —No. De ganar.

  Carlos abrió los ojos.

  Miró el cielo que empezaba a te?irse de rosa sucio.

  —?Ganar qué?

  Shion tardó en responder.

  Y cuando lo hizo, su voz fue casi un susurro íntimo, como si estuviera justo detrás de su oreja.

  —El control.

  Carlos sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

  Bajó el arma lentamente.

  La miró otra vez.

  Luego la guardó en el bolsillo.

  Se levantó.

  Y siguió caminando.

  No sabía hacia dónde.

  Pero ahora sí tenía un destino.

  No era un lugar.

  Era una certeza.

  Iba a encontrar a Angélica.

  Y cuando la tuviera delante…

  …iba a decidir quién controlaba a quién.

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