Sentía que se ahogaba en su propio vacío al ver a aquella hermosa mujer llorar.
— Por favor — le dijo ella, cuando se hubo acercado para tratar de ayudarla. —, déjame ver tu rostro una única vez.
Connor se apartó de las manos que querían arrebatarle la bufanda. Si alguien, quién fuese, veía su rostro y se enteraba de lo que podía llegar a hacer con su don, moriría quemado en la hoguera por presunta brujería. Y en su lugar, analizó el manchón de sangre y la herida que llevaba en la cintura.
— Te lo suplico. — insistió ella entre las lágrimas que la recorrían.
? Está condenada — se enteró al ver toda la sangre que había perdido. —. No hay nada que pueda hacer. ? De manera que permitió que sus temblorosos dedos revelaran su identidad. Le rompió el corazón ver como sonreía al borde de la muerte.
— ?Cómo te llamas? — siguió diciendo aquella mujer tan parecida a Atenea, mientras le tanteaba el rostro.
— Connor… Bressler.
— Gracias por lo que hiciste, Connor. Por tratar de salvarnos sin siquiera conocernos. Estoy en deuda contigo por salvar la vida de mi hija. Solo espero poder saldarla desde el Reino de Dios — Le sonrió. —. Me llamaron Aloy desde el día en que nací.
Aquellas fueron sus últimas palabras expresadas con debilidad.
En el instante en que murió, vio en sus ojos desvanecerse un brillo formidable. Como la muerte de una estrella en el cielo nocturno. Le cerró los párpados, y la acomodó junto a la pared de piedra. Le hubiese gustado haber hecho más por Aloy; no haberla dejado en aquella oscura y fría calle, para empezar. Pero no tuvo más opción. Ya estaba muerta, y él aún debía luchar por los que seguían vivos.
Cuando las campanas de la catedral y de las demás iglesias comenzaron a ta?er a lo lejos, de algunas casas solo quedaban brasas humeantes.
? Alá, Zeus, Hades, Odín, Danu… — Uno a uno, su mente evocó los nombres de la lista negra que había estirado con los a?os. Nombres que despojaban de la calma a una mente tan mortificada y la enardecían con furia descomunal. — Thor, Freya, Amaterasu, Ra, Anubis, Bi Fang, Vishnu, Krishna… El dios de todos vosotros, dranovenses, maldito sea. Y hasta el último de todos a los que no se han molestado en ponerle siquiera un puto nombre para orarle. ? La Horda de las Bestias descendía de los celtas, del polvo de una cultura allanada por la cristiandad. Siglos más tarde, eran entonces ellos y sus dioses lo que buscaban dar caza a todo el que viesen diferente por sed de venganza.
Estaba decido a pensar que casi toda guerra en el mundo había brotado a causa de una creencia más allá de lo terrenal y la avidez de cada creyente por defender a muerte lo que sus padres le habían ense?ado a venerar. O cuando menos este fanatismo cultivaba la discordia. Las diferencias y la intolerancia terminaban una vez más por entablar el caos, pero arriesgo de caer en la paradoja, ?por qué debía Connor tolerar al obseso intolerante?
El olor a humo impregnaba el aire, por dónde cabalgara, con un aroma acerbo insoportable, y la delgadez de su bufanda no brindaba alivio. Sus ojos escocían, pero ojalá fuera en vista de los jirones de ceniza que el viento arrastraba. Un odio interminable se apoderaba de él. Con cada zancada de su caballo, una ira recurrente en Connor fue a más y más, hasta que desbordó, y comenzó a gritar como un salvaje.
Aquellas circunstancias ameritaban que mantuviera la mente fría, pero era incapaz de escapar del pozo sin fondo en el que se había sumido. Solo deseaba que Wyke galopara más rápido, que volara incluso, si era necesario. Fue entonces cuando percibió por sus venas correr el miedo infecto del corcel. Su dolor sin voz ni palabras atravesó el alma de Connor como un rayo de luz lo hiciera con un cristal. Solo en aquel instante, entendió que estaba yendo demasiado lejos.
? Al margen de la ira y del sosiego, a la orilla de las emociones, se haya allí la auténtica concentración ?, se repitió cual mantra.
Se llevó la emplumadura hasta la mejilla, y soltó el proyectil en la primera ocasión que se presentó. Las flechas de punzón tenían una enorme punta de tres planchas que se incrustaban en los enemigos, con la ayuda de un arco compuesto que disparaba con la potencia de una ballesta. La primera agujereó el hombro de un salvaje de barbas crecidas, y el tirón de la cuerda que se amarraba a el asta de la flecha y el empuje de Wyke hicieron el resto. El celta de a pie acabo siendo arrastrado un buen tramo hasta que el hilo de hierro se rompió. Sacó otra flecha del carcaj, tensó y disparó. Volvió a acertar, y el espectáculo de destreza y alaridos retornó con idéntico desarrollo.
En Occidente, todos los arqueros disparaban flechas detrás de un muro o desde un terreno llano, inmóviles como roca. En cambio, Connor se decantaba más por una respetable actuación del estilo ancestral de los mangudai, descargando flechas a horcajadas desde su caballo.
Las campanas no dejaban de sonar y la gente de gritar, mientras correteaba, despavorida. Algunos hombres valientes, muy pocos, tomaban el asunto en sus propias manos, en vez de clamar por la ayuda de alguien más. Sin embargo, con rocas, palos e incluso con pu?os desnudos estorbaban a la Horda de las Bestias lo mismo que una mosca lo hacía con el avance de un manotazo. Los bárbaros se debatían entre divertirse con los cuerpos de los caídos, saquear las casuchas a la vera de la carretera de tierra o encaminarse hacia el corazón de la ciudad con sus armas y su crueldad prestas. Cada quién hacía un poco de esto y de lo otro.
Si se atreviera a abrirse paso entre cadáveres de su arco y flecha le supondría la misma deshonra en la que malvivían estos.
Connor le daba alcance a todo el que podía. Los caballos que le hacían de escolta arrollaban con la precisa moderación para empotrarlos en el suelo y no para matarlos, al tiempo que sus flechas se topaban con aquellos que se les escapasen. Todas, sin excepción, acababan por dar en el blanco en una pierna, un brazo o la parte baja de la espalda. Tensó el arco casi tres docenas de veces y divisó con admiración como caían en cada oportunidad antes de que estirase la mano hacia el carcaj en la silla y lo encontrase vacío. Luego, tanteó rápidamente el segundo que se asomaba por encima de un hombro, llevándose la misma inoportuna decepción.
? Si tan solo no lo hubieses hecho, Connor — se reprendió. —, estarías ahora más cerca de ellos. ? Pronto supo que no había nada de lo que arrepentirse. Con toda seguridad, de no haber ayudado a aquella familia estaría más cerca de la única razón que tenía para luchar. Pero la culpa de haber ignorado un buen juicio y dejado morir a una persona que no se lo merecía habría pesado en su conciencia más que la muerte de todos a los que había disparado.
Espoleó al caballo, usando entonces los estribos, como necesitando con fuerza dejar atrás el malestar y los malos recuerdos; como procurando casi a la desesperada que no volviera a sucederle lo mismo una segunda vez.
Por su cabeza cruzó cual dardo el día en el que Elizabeth le diese la noticia. Aun con todo el desconcierto y la desolación, no había tenido que verlos partir. Por el contrario, tan vasto resultó el infortunio de la chica del torneo que había tenido que presenciar la muerte atroz de su padre y luego obligarse a abandonar a la mujer que le diera la vida en su lecho de muerte. Asesinados por la mano del fanático, no por sustento como lo hicieran las bestias, sino por hambre de poder y de propósito.
— ?Atenea! — Había coreado el público en las gradas, colmándola de gloria y felicidad — ?Atenea Pryce!
Mismas voces que aquella madrugada clamaban otros nombres por salvación.
La genuina Guardia de la Ciudad había brillado por su ausencia, hasta aquel mísero segundo. De un recodo surgió una decena de soldados con ropas verdes y blancuzcas, y cayeron al unísono sobre unos cuantos celtas con sus armas y un iracundo rugido. Y de ese modo, presenció de nuevo a la Cruz enfrentándose al Trisquel, con acero y sangre en las manos, y con fuego y alaridos a su alrededor.
? Fanáticos. Malditos fanáticos ?. Miserables fueran quienes luchasen por su ideología hasta las últimas consecuencias, sin importarles nada ni nadie más.
Desenvainó la espada, aunque de poco sirviese si no era para cortar cabezas desde su montura, mientras se encaminaba a todo galope hacia las únicas por las que moriría en verdad. Vivían muy adentradas en la Capital; en un barrio acomodado cercano al corazón de la ciudad.
Fueron los ojos de uno de sus caballos, y no los suyos, los que vieron como le arrojaban un hacha de mano directo al cráneo. Connor instintivamente ladeó e inclinó la cabeza, con lo cual esquivó el golpe de milagro y por un pelo. Y quienquiera que hubiese lanzado el hacha no solo escondió la mano, también todo su aspecto, puesto que jamás llegó a reconocerlo.
Más adelante, el viento aulló con los crujidos de los onagros que se abrían paso desde de un cobertizo. A su derecha se oyó el sonido de los mecanismos, y acto seguido, el aire se inundó de una lluvia de piedras y un manto denso de gravilla. La maniobra desesperada de quienes pretendían defender la ciudad funcionó de lleno, barriendo duramente como una ola a la cuadrilla desprevenida que marchaba delante. Connor corrió con mejor suerte que muchos otros, pero esto no impidió que perdiese el equilibrio y el control de su montura en la misma acción. La gravilla le alcanzó de sopetón el rostro y el costado derecho del cuerpo. Se zafó de las riendas con habilidad durante la caída, y llevó a cabo un intento de acrobacia para tocar tierra sin rodar ni dar demasiados tumbos. No había entonces campana alguna que sonara, solo podía escuchar un agudo silbido que le atosigaba el oído.
Y al momento, una espada distinta a la suya lo buscó; la vio descender, veloz como un rayo, sobre su cabeza. No pensó en lo absoluto, no hubo tiempo. El brazo debió de haber actuado por cuenta propia, y en el camino el filo de ambas armas se encontró clamando la canción del acero. Se puso en pie, dispuesto a bregar al son de las espadas, pero tres o cuatro movimientos después, hacia el morir de aquel efímero vaivén, ante sus ojos brotaron los colores verde y blanco de sus ropas sin ninguna cruz invertida que declarase su complicidad en el asedio. Connor consiguió llegar hasta él, le asestó un sopapo de revés, y lo cogió por la cota de malla sobre su pecho.
— ?Estamos del mismo lado! — le gritó rabiosamente.
Y con la misma, lo empujó hacia atrás. Compartieron una fugaz mirada.
El soldado era joven, podría resultar que un par de a?os menos que él. Lucía un rostro corriente e inquieto, unos ojos que lo miraban fuera de sus órbitas y una barbita a medio afeitar. La incursión celta lo había agarrado mal parado, saltaba a la vista. Lamentablemente estos someros rasgos serían lo poco que conocería de él. Con la misma rapidez en la que se pesta?eaba, su rostro se había convertido en un maremágnum brutal de huesos, sangre y sesos que costaba creer. El rugido de quien le hubo borrado la existencia en un santiamén y la visión de él sosteniendo su descomunal martillo de guerra le llegaron poco después, cuando Connor se hubo recuperado de semejante golpe la realidad.
Así de sencillo se desvanecía una vida que había tardado a?os en germinar. Y espantoso era pensar que cualquiera se podía ir sin siquiera saberlo.
Sin pausa ni vacilación, aquel hombre dio un paso al frente y asió el arma a dos manos; el asta de roble era más alargada que sus brazos recios de le?ador, pero apenas abultaba el grosor de unos cuantos delicados dedos de arpista. El alcance de su ataque era casi injusto. Y como si tratase de una marioneta hilada por la intuición y el instinto de supervivencia, Connor se anticipó a su movimiento y eludió el primer golpazo lanzándose a un lado. El segundo esquive; fue mera casualidad de la vida que le hubo sonreído.
Connor no resaltaba entre otros por ser el más alto, razón de sobra por la cual aquel bárbaro lo hacía lucir peque?o cada vez que bramaba y alzaba su martillo sobre su cabeza, exorbitante. No había en él rasgo que valiera o importara. Presumible era que si se detenía un segundo a averiguar si en los ojos del enemigo se reflejaba un irracional furor, desesperación o la astucia de un zorro que confiaba merecidamente en sus habilidades, sería lo último en ver antes de la negrura propia de la muerte.
No era tan hábil con la espada como cabría esperar de alguien adiestrado por un caballero, o al menos como desearía serlo. Lo cierto era que, sin importar cuanto lo intentase, jamás había conseguido que la espada se sintiera una extensión más de su cuerpo al igual que los cuchillos o el arco. Y aunque la soldadesca no le llegase a los talones, para Connor saberse simplemente bueno no bastaba. Entonces más que nunca veía la copa medio vacía en aquel momento de mayor necesidad.
Asegurar que el celta era lento con tan formidable peso con el que maniobraba sería no hacerle justicia a su técnica, pero además era uno de esos hombres de los cuales resultaba sencillo imaginar que ni un golpe bien dado y fulminante lo detendría. Y por el amor que le conservaba a la vida, Connor no lo encaró; no había manera de verter su sangre sin apostar la cabeza en el proceso. El Dádiva cortó el vínculo con los animales que lo habían escoltado hasta allí, y centró toda su atención en cuidarse del pu?o de acero rompedor de cráneos e ilusiones. Al poco rato, el oponente le dio un respiro, graso error, y Connor se hizo con el escudo de hierro que había pertenecido a un guardia.
El martillazo que descendió desde las alturas y que abrió paso a un despliegue copioso de fuerzas, lo recibió con el escudo para proteger su cabeza, haciéndolo vibrar como a una campana. El resto de los golpes se produjeron de la misma forma. Uno, dos, tres, cuatro… Con el ta?er redoblado e incesante del martillo sobre el broquel, sus oídos se alejaron de los gru?idos de esfuerzo del enemigo, de los gritos lejanos y del crepitar del fuego multicolor que consumía hogares. Y de algún modo, Atenea, el Ariete y el coliseo se colaron entre sus pensamientos como un destello surgido de la nada.
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Corto de alcance y de oportunidades, pero ágil de mente, lanzaba una estocada rápida, por poco desvalida, a el asta del martillo en los insufribles instantes en los que el asalto y la defensa pugnaban en el aire. En detrimento de su brazo menos competente y de sus tímpanos, que a los cuatro vientos resonaban piedad, Connor retrocedía, mantenía el escudo en ristre, y lo alzaba al entrever la próxima arremetida. Propinaba un tajo en la medida de lo posible a el asta en medio del rimbombante campanario que revolvía todas sus ideas, menos una. Así, una y otra vez, sin muchos ánimos de ceder en la rutina y sin saber realmente si su necio afán de soportar golpes y más golpes como un desgraciado daría algún fruto.
Cuando llevaba un rato haciendo poco más que esto, advirtió el dolor punzante en las sienes; el pitido agudo y penetrante que lo había estado acompa?ando se intensificó, anegando sus oídos. De pronto, las imágenes comenzaron a llegarle dobles a sus ojos. Las náuseas afloraron desde la boca del estómago, cuando el enemigo enalteció de nuevo la monstruosidad que tenía por arma y la precipitaba por enésima vez.
? No tendré mejor oportunidad — pensó al flexionar las rodillas e impulsarse hacia atrás con un salto. —. O tal vez no habrá otra. ? Sorteó la lluvia de dolor que se estaba cerniendo sobre él de forma poco hábil, aparatosa incluso, al caer al suelo de espalda. Pero funcionó. El bloque de acero se estampó rebosante contra el suelo con fuerza descomunal, y al cuerpo de madera no le dio tiempo a amenazar con un quejido antes de romperse en un pu?ado de fragmentos.
Connor consiguió levantarse a duras penas, con la cena asomándose por la garganta y la cabeza que le explotaría en cualquier momento como un barril de pólvora. Se permitió una risa jovial que no vivió por mucho. La peque?a dicha entre sus dolencias se desvaneció tan pronto como vio al bárbaro arrojar lo último del asta que había conservado entre las manos y alcanzar un hacha de mango largo de su espalda sujeta a una correa.
— Demasiados combates para una vida — soltó al aire y suspiró, desalentado, como si un tercero pudiera oírlo. — ?Por qué no solo se termina?
Hizo oídos sordos a la réplica del celta. Aunque, a decir verdad, no podía escucharlo bien. En breves, se vio asediado por su hacha en manos firmes, y un segundo después, Wyke apareció a su lado como un relámpago dorado y color crema. Este se alzó sobre los cuartos traseros y le hundió las pezu?as en un hombro. Y, en resumidas cuentas, de golpe hizo girar al enemigo como un dedo cualquiera lo haría contra una moneda. Todo el garbo y la intentona cayeron en desgracia, y su brazo se desplomó junto con él, sujeto a su cuerpo por apenas unos hilos de carne.
— Gracias, viejo amigo — Hincó una rodilla, y se bajó la bufanda hasta el cuello. Las náuseas se convirtieron en arcadas y estas terminaron por revolverle el estómago. El resto fue un acto no muy agradable a la vista. —. Pero pudiste haber hecho eso desde un principio, ?no?
De un resoplo casi al unísono surgido de su montura y los demás caballos, comprendió que no. Recorrió el campo con la mirada, descubriendo que su vigorosa piara de corceles lo había estado protegiendo; cuerpos de traidores y celtas se arrastraban por doquier y otros tantos genuinos Guardias de la Ciudad habían salido victoriosos.
? Levántate y continúa con lo que empezaste ?, se dijo.
El viento arrastró hasta él la pavesa de las llamas comunes y entremezclaba aquellas otras del Fuego Fatuo de tonos rosáceos, verdes y caobas. A las órdenes de unos hombres en cota de malla de constituida dignidad, un innúmero de ciudadanos emergió de las callejuelas y edificios de piedra para reunirse en mitad de la calle. Una vez hubieron cruzado unas cuantas palabras con los soldados, corrieron sin mesura como cucarachas huyendo del fuego en dirección contraria al centro de la ciudad. La oleada fue al encuentro con Connor, quien andaba cabizbajo y renqueante como un desamparado; algunos tuvieron la decencia de sortearlo en el último segundo, mientras a otros no les importó que estuviera allí para chocar hombros y hacerlo tambalear.
Observó los rostros de algunos de ellos y aguzó los oídos enturbiados a los que proferían cualquier cosa en su patético estado de desolación. Se dio cuenta de que los odiaba a todos más que nunca, más que a la mismísima Horda de las Bestias.
— Quisiera pensar que tienen todo lo que se merecen, por quemar a inocentes en la hoguera — susurró para sí mismo, oprimiendo con fuerza la mandíbula. Nadaba a contracorriente ante aquel reba?o de mansedumbre. —. Por la Gran Mortandad que iniciaron. Por destruir a los pueblos que no rindieron tributo a vuestro dios.
Su sangre se sentía como un fuego en las venas que no hacía más que consumirlo, pues sus energías iban en declive. Llevaba ya mucho rato combatiendo contra hombres y demasiados a?os armándose de paciencia con los demonios en su cabeza. Hacia al final de la multitud, una mujer con la piel cubierta por ceniza cojeaba, rezagada.
— ?Por el amor de Dios! — Cogió a Connor por un brazo, y le dio un tirón. — ?No vayas hacia allá! No hay nada más que muerte. — Cuando vio que este seguía con su camino sin inmutarse, cerró los dedos entornó a la bufanda, y se la arrebató sin quererlo.
En el calor del momento, se giró de súbito, y con apenas empujón se la quitó de encima. La mirada que le dedicó sería la de un desprecio gigantesco, por poco bestial. La mujer lo observó en el suelo con el asombro plasmado en su tez pecosa, enferma de una epidemia de ignorancia y estupidez sin remedio. Lo último que supo de ella fue que un hombre con un parche en el ojo y unos trillizos de grandes mofletes volvían sobre sus pasos para alzarla y conducirla a la salvación.
Connor recogió del suelo, polvorienta y deshilachada, la bufanda: un trabajo corriente hecho con amor. Se sintió imperado por la culpa, aunque no se arrepintió a cabalidad de su arrebato, al recordar a la mujer cristiana que lo adoraba con todo el corazón, como si hubiese nacido de su vientre. No obstante, todo sentimiento pasó a un segundo plano, cuando el dolor en las sienes y el pitido infernal retornaron desde sus adentros y lo hicieron enarcarse. Si su brazo izquierdo no estuviera sufriendo un derrumbe de fuerzas, se lo habría llevado a la cabeza como acto de reflejo.
? ?Qué tan lejos estaré? ?, se preguntó.
Habría permanecido confinado al silencio de una calle desolada, sino hubiese sido por los suspiros de las llamas moribundas en montículos de cenizas y el silbido zumbante de sus oídos; en las cercanías también se componían melodías de guerra, una canción de cuna escrita por la muerte. Y de pronto, se alzó un chillido inminente a él. Después, la misma voz reanudó el grito con palabras.
— ?Auxilio! No me dejen aquí. ?Padre! ?Tío! Por favor.
— ??Grace!? — Connor se espantó de escucharla allí. — ?Grace!
No estaba seguro de si se trataba de una alucinación o de una casualidad pasmosa, pero sabía que era el mismo miedo y candor hablando a través de una voz idéntica. Como su hermano, no atendió a razones ni a las dolencias de su cuerpo, y fue hacia ella vadeando desesperadamente.
— Qué alguien me ayude. — oyó en forma de un lamento adentrado ya en el llanto de un ni?o.
Como un fuego que se avivara en mitad del invierno, lo espoleaba a pesar del desgaste. Cruzó la calle apenas en pie, y se dirigió a las lindes de un callejón entre dos construcciones de piedra. Se encontraba allí, con las piernas abrazadas contra el pecho y la frente apoyada sobre las rodillas. Aun después de haberle puesto una mano encima, creía que todo era una ilusión. Y cuánta razón tuvo entonces, al zarandearlo a él.
El harapiento ni?o alzó la vista y se sobresaltó, abriendo los ojos como platos.
— P-por favor. No me hagas da?o.
— No eres ella. — La desilusión abrasadora fue a la vez un balde de agua fría y una pu?alada en el corazón.
— Mi padre y mi tío… Ellos ya vienen.
? Están condenados, al igual que tú, si te quedas aquí. ?
— No tengas miedo. No vine a hacerte da?o.
— Si los ves, diles que estoy aquí. Mi tío dijo que regresarían por mí.
La suerte de aquel ni?o no mayor a Grace se sospechaba ausente, al igual que escasos sus favores en vida. Tenía los dientes torcidos, los pies encallecidos y sucios por andar descalzo y los ojos y las mejillas un poco hundidas de mal comer.
— ?Tienes algún nombre, ni?o?
Cuando se animó a responder lo hizo con cierto cuidado.
— Abel. Como el segundo hijo. Ya sabes, el del libro.
— No puedes quedarte aquí, Abel. — ? Pero tampoco puedo llevarte conmigo. No sería nada prudente. ?
— Sí, sí que puedo. Ya te he dicho que…
— ?No, ellos no vendrán! — le gritó, impaciente, con los nervios a flor de piel.
Vio morir en los ojos de Abel la poca esperanza que conservaban. No lloriqueó nada más, pero por poco echó a correr.
? No te hagas esto. Tanto vale que se quede o que se vaya contigo, podría morir de cualquier modo ?, se dijo. Dejó ver en su semblante cómo libraba una lucha interna entre los sentimientos y la razón. Ya no había tiempo y debía ir a por los Maine tan pronto fuese posible. Lucharían o escaparían de la ciudad, lo que ser Vyler creyera mejor para su familia… Sin embargo, ya había dejado morir a dos personas aquella noche. Y Abel era apenas un ni?o, con tanto derecho de vivir como su peque?a hermana.
— Ellos ya no vendrán, Abel. — Un corazón noble y justo subordinaba sus deseos a la rectitud, por más que intentara envolverlo en una gruesa capa de frío acero. — Porque yo te llevaré con ellos. Pero hay unos cuantos asuntos que debo hacer antes.
El ni?o accedió de inmediato, y afrontó la tarea con cierto deje de valor, cuando Connor lo depositó en la silla de montar.
— Este es Wyke. Es inteligente, es amable y jamás se rendiría. Aunque no hayas cabalgado antes, si te aferras bien, él no te dejará caer por nada del mundo.
— ?Qué? ?Yo solo? — De la impresión, casi se arroja del caballo. — He so?ado con cabalgar un corcel, pero… pero ?por qué no subes conmigo?
Connor robó una flecha del cráneo de un cadáver, y se la colocó en la aljaba.
— Estarás más seguro apartado de mí. Además, ya te he dicho que es inteligente. — ? Ha pasado demasiado tiempo hilado a mí. ?
Se subió a lomos de un trotón de pelaje pardo, y salió despedido al galope hacia el corazón de la ciudad, persiguiendo el único motivo que había tenido alguna vez para arriesgar la vida. Tres caballos libres lo siguieron, poniéndose a su paso con rapidez y rodeando al corcel bayo.
La última de sus flechas la usó contra un arquero enemigo que lo estuvo cazando con la suya hasta casi dispararla. La punta de metal le perforó el hombro a través de las pieles, pero aquello no le impidió al celta forcejear consigo para removerla con todo y carne y acoplarla a su arco luego de haber fallado por mucho la anterior. Más adelante, cuando el número de combates individuales sucediendo a la vez se contaba por decenas sobre la calzada, vio como algunos hombres del antiguo pueblo rendía tributo a las memorias de sus antepasados con aguerrida y soberbia intrepidez.
— ?Cierra tus ojos y sujétate bien! — le gritó al ni?o ni bien divisó a un celta batallando entre rugidos y espadazos aún con uno de sus brazos cercenado que chorreaba sangre a borbotones. Por su parte, otro estaba moliendo a golpes a un Guardia de la Ciudad, mientras conservaba el arma de este último empotrada en la boca del estómago. Sucumbió al final, pero no sin antes llevarse consigo a su adversario al eterno descanso.
La caballada pasó de largo como una brisa repentina, desapercibida entre semejante tempestad de alientos inclementes y manteniéndose al margen de cada asunto.
? Combaten con la desesperación del jabalí mal herido — recordó las palabras inmortalizadas del mayor monarca del Imperio Inconquistado —, que aún cubierto de saetas sigue buscando a su asesino, pero llegan a más, pues si se les ha clavado una lanza, que a otro le hubiera forzado a permanecer en el suelo aullando de dolor, ellos la arrancan de su cuerpo y con la misma arremeten contra sus rivales. La ciega cólera jamás les abandona si todavía tienen fuerzas. Los he visto incorporarse en la agonía, intentar seguir peleando y, luego, morir de pie. ? Los huesos de aquel soberano se habían ennegrecido hacía ya tantos siglos que, a día de hoy, serían mero polvo.
Llegado el momento, una parte muy ínfima de Connor se arrepentiría de haber seguido adelante junto al ni?o bajo su ala. Pocos metros más allá se enfrascaban en batalla el grueso de las reducidas fuerzas de la Capital. Dos centenares de jinetes, por lo visto, habían estado barriendo a placer a salvajes desprovistos de cobertura por las calles. O al menos esto sucedió hasta que una tropa de caballería enemiga cargó contra ellos desde un costado y una hilera de celtas se formó con picas y tarjas para encerrarlos cuando no tuvieron espacio suficiente para reordenarse. El Dádiva no lo pensó dos veces. Giró en un recodo una cuadra antes, y le dio la espalda a la escaramuza en un desvío inesperado.
La sensación que presidió a su retirada fue la más horrorosa, impotente y desalentadora que hubiera padecido. Su don muchas veces era una maldición con la que estaba condenado a cargar hasta el fin de sus días. A pesar de encontrarse ya muy lejos, sintió en carne propia como las vidas de los corceles de guerra se desvanecían una por una al coro de relinchidos hundidos en desesperación. A sus oídos, se oyeron como gritos humanos con más emociones negras que palabras. Y esto no hizo más que echar sal en la herida que se había gestado entre sus sienes, pues su habilidad le provocaba siempre gran cansancio mental. Apretó los dientes y ahogó un quejido.
— ?Connor! — chilló Abel. — ?Al frente!
Cuando se enfrascó de nuevo en el camino, la visión borrosa le estorbó ver que había más allá de tres o cuatro de metros. Primero le llegó un rugido desaforado que reclamaba su cabeza en una pica, luego distinguió a lo tonto la silueta del jinete y la presencia del caballo. El pulso se le aceleró al ver el destello de la espada volar al encuentro con su cuello.
? Abajo. ?Abajo! ? Nunca sabría si aquella voz en su cabeza le pertenecía, pero sus músculos igual la obedecieron. Enarcó la espalda hacia atrás, aguantó la respiración y juró sentir como cada instante se hacía tardío y muy vivido. La hoja reluciente de la espada pasó silbando a dos dedos de su mentón y aquel guerrero surgido de la nada se desvaneció de su vista tan pronto como hubo surgido. Aun así, después de enderezarse se volvió con torpe incredulidad, y se mantuvo así por un tiempo. Descuidó el camino, porque este era el último de sus pensamientos.
Por desgracia, recuperó la cordura y sus ojos demasiado tarde.
A un costado, en la intercepción de una calle, vio de soslayo una figura espectral y monstruosa, blanca como la luna, que iba directo a embestirlo. Unas fauces de colmillos también blancos se abrieron de par en par con un feroz bramido, y se afianzaron poderosamente en la grupa de su montura. Aquella bestia cruel e indómita levantó el peso del caballo como si fuese un cachorrito de león, y lo sacudió de lado a lado en plena carrera. Mandó a Connor volando por los aires sin remedio ni apoyo. El vientre del equino se desgarró hasta convertirse en papilla sanguinolenta de vísceras, piel y músculo. Ambas partes, Dádiva y animal, aterrizaron en el suelo de la peor forma. El caballo murió al instante sin oírsele relinchar. Su cuello se había roto como pan duro. El vínculo entre los dos había cesado, cortado de tajo y haciéndolo desaparecer sin dejar rastro como pavesa.
Desde abajo, desde las briznas de conciencia que le restaban, un segundo antes de perder el sentido de la vista Connor divisó, claro y nítido, al jinete de la calavera como yelmo y al Ossisquama al que montaba encabezar una hilera sin fin de enemigos que lo dejaban de lado con celeridad.
?Los he visto incorporarse en la agonía…?. Connor Bressler se levantó hecho polvo, mantenido en pie solo por la ira del fracaso; odio frío e inhumano. Entre lágrimas, clamó en un grito desgarrador por Elizabeth, para que así un sentimiento diferente le otorgase fuerzas. Después vino el nombre de Grace, y finalmente el de ser Vyler, lo más parecido a un padre que recordaba, aunque despreciable no fuera el rencor que le guardase. Dio un paso adelante, pero las piernas y el alma le fallaron. ?… intentar seguir peleando y, luego, morir de pie. ? La vida se le estaba escapando, discurriendo con el calor de su coraje por detrás de la cabeza.
Escuchó a Wyke relinchar una y otra vez, pero no vio más que oscuridad.
Según decían ciertas antiguas escrituras, el nombre de Abel encarnaba la frase: ?El que había estado con Dios?. Y, a decir verdad, aquel ni?o había sido abandonado a su suerte por todo dios u hombre en el que creyese.
Le había fallado a aquel peque?o llorón y asustadizo.
Y con mayor dolor les había fallado a ellas.

